Toledo, 25.01.10. El Primer Taller de Empleo del SEPECAM y La Fundación Cultura y Deporte en el yacimiento de la Vega Baja está ya en su recta final. Para los veinte alumnos-trabajadores participantes los casi ocho meses que han transcurrido desde que llegaron en junio han pasado “volando”, como dice Ródica Ángel, una rumana que ha encontrado en la Vega Baja casi un segunda familia. Y es que el yacimiento ha sido el escenario perfecto para hacer honor a Toledo como la ciudad de las tres culturas. En este caso ha sido como una pequeña Torre de Babel habitado por españoles de cinco nacionalidades con una única meta.
El Taller, según explica su director, José Luis Ramírez, “ha cumplido sobradamente sus objetivos”. “Por un lado –dice Ramírez– los alumnos-trabajadores reciben la formación laboral necesaria para introducirse en el mercado de trabajo y, por otro, participan activamente en la adecuación del yacimiento”.
Domingo Javier Pinilla, monitor del Taller de Albañilería y Restauración de Estructuras Arqueológicas está muy orgulloso del trabajo de sus alumnos: “La visión del yacimiento no tiene nada que ver con la de 2008. Se han hecho trabajos con resultados muy visibles, como el asentamiento del recorrido interior del yacimiento, y otros menos notorios, pero muy importantes para el trabajo de los arqueólogos, como las conducciones eléctrica y de agua”.
El producto de su trabajo no se ha limitado al uso interno del personal especializado del yacimiento. Obra suya es también el acondicionamiento de los dos caminos peatonales que unen provisionalmente Mas del Ribero con la Av. de Carlos III y San Pedro el Verde.
Pinilla destaca la “evolución” que ha experimentado el grupo. Recuerda que cuando se produjo la incorporación, una de las principales dificultades era equilibrar los diferentes niveles de formación y crear un método de trabajo único. Es más, buena parte de sus alumnos desconocían o equivocaban el significado de algunas palabras que se utilizan en el sector. Esto lo corroboran el colombiano Orlando Monroy y el ecuatoriano Darwin Rubio que, como el resto de sus compañeros, proceden del paro. Ahora ríen al recordar que no sabían el sistema de medidas o que ignoraban lo que era una “paleta” de albañil, herramienta imprescindible para la consolidación de las estructuras arqueológicas. No es de extrañar su confusión: en Colombia recibe el nombre de “palustre” y en Ecuador, “bailejo”.
Orlando y Darwin, aunque reconocen la situación de dificultad laboral, no pierden la esperanza por su futuro ya que saldrán con un certificado oficial que acreditará sus conocimientos adquiridos. En su caso, los dos trabajaron en la construcción privada, también han aportado su experiencia y “agradecen” que su instructor Domingo Pinilla les cuente el por qué de las cosas. “En el sector privado -dice Orlando- nadie nos explicaba nada. Para aprender había que mirar y espabilar”.
El Taller de Empleo de la Vega Baja, que tiene como uno de sus objetivos el fomento del trabajo en grupo, ha generado por añadidura un ambiente de convivencia envidiable. El ecuatoriano Darwin constata que “en las obras cada uno trabaja por su lado” y en la Vega Baja, tanto los compañeros como los monitores, han creado “una piña humana y colaboramos enseñando unos a otros lo que aprendemos. Nadie se guarda nada”.
Lo mismo opinan Yolanda Vega, de Talavera de la Reina, y la rumana Ródica Ángel, alumnas-trabajadoras del Taller de Arqueología, en el que sus diez integrantes son mujeres. “El hecho de que todas seamos chicas -cuenta Yolanda con una carcajada-provoca que algunas veces nos llevemos como el perro y el gato. Pero pasa enseguida –continua- y todas sabemos que estamos aquí por el mismo objetivo y se superan las pocas diferencias que surgen”.
Al igual que los miembros del Taller de Restauración, la terminología especializada de los arqueólogos les hacía sentirse “perdidas”. “Parecía -dice Ródica- que nos hablaba en chino”. En efecto, “un nivel estratigráfico, una cota, un hogar o una planimetría” en argot arqueológico bien podría parecer chino. Pero ahí entra en juego la labor de su instructor Nacho Erades. Con mucha dedicación, este joven arqueólogo que ha participado en varias campañas de excavación en la Vega Baja, ha logrado que sus alumnas se motiven hasta el punto de interesarse por la historia y, por supuesto, dominar la terminología especializada. Su trabajo durante estos meses en el yacimiento no es un verso suelto para justificar las subvenciones del SEPECAM en la formación de empleo. “Realizan la misma labor que un arqueólogo de campo -dice Erades- y sus trabajos son asimilados por la dirección de Vega Baja”. Han aprendido a distinguir “unidades estratigráficas”, uno de los pilares de la arqueología, tomar medidas y cotas, dibujar estructuras, documentar y excavar.
La mayoría llegaba al yacimiento a cumplir con lo estipulado. Pero, como dice Nacho Erades, “las primeras en sorprenderse han sido ellas mismas. Venían por el trabajo y se han encontrado con una actividad que les gusta y les ha enganchado”. Hasta tal punto es así que, una de las alumnas-trabajadoras, la talaverana Yolanda Vega, se plantea continuar en la arqueología. Su caso, no obstante, es particular. Mientras sus compañeras llegaron aleatoriamente al Taller, ella solicitó esta opción ya que en su familia existe algún arqueólogo y le “picaba” la curiosidad. “La arqueología –explica Yolanda- ha sacado de mi algo que creía que no tenía”.
Es cierto que la motivación por esta actividad ha sido mucha y fructífera. En eso han influido decididamente los dos monitores, Domingo Pinilas y Nacho Erades, a quienes sus alumnos retratan como “instructores, amigos y psicólogos”. Y es que hay que tener psicología para “convencer” a veinte personas a hacer llevadero el trabajo en un páramo a 42 grados en los meses de julio y agosto. Como dice Yolanda Vega, “se superaba a base de agua –en botijo, naturalmente- un sombrero y muchas ganas”.
“Para quienes no estaban habituados a este trabajo tan duro -dice el director del Taller, José Luis Ramírez- las últimas horas de la jornada eran un tormento”. Ese tormento lo pudieron superar gracias al alto grado de convivencia generado, hasta el punto de que apenas se ha registrado absentismo entre los alumnos-trabajadores que, además, han recibido otras formaciones complementarias. “Junto de la formación específica -cuenta Ramírez- han adquirido conocimientos generales en informática, salud laboral, sensibilidad medioambiental, orientación profesional y autoempleo e igualdad de oportunidades”.
Estas son las razones de ser del Taller de Empleo basadas, según matiza su director, “en que los alumnos respondan al perfil de las bases de selección: un mínimo del cincuenta por ciento mujeres -en la Vega Baja se supera con creces esa cifra- desempleados de larga duración, minorías étnicas y discapacitados”.
“Y todo ello -concluye- con el objetivo añadido de contribuir con su trabajo y experiencia a potenciar el yacimiento arqueológico como bien patrimonial y cultural”.
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